27 de abril de 2019

Desde que don Quijote se lo dijo a Sancho

Rafael Chaljub Mejía

El presidente Danilo Medina y la reelección están en dificultades mayores, después de los pronunciamientos de obispos y sacerdotes en la Semana Santa.
Ahí no hubo improvisación. Conozco personalmente a dos de los que se pronunciaron, al obispo metropolitano Francisco Ozoria y al sacerdote y rector de la Pucamayma Alfredo Cruz Baldera. Ambos de los campos de Nagua, fraguados en los valores que se cultivan en hogares como los que les sirvieron de cuna; hombres equilibrados, ecuánimes, comedidos, incapaces de decir cosas tan serias sin sentirlas ni estar profundamente convencidos.

Hablaron otros autorizados voceros de la Iglesia, en su mayor parte pastores vinculados a sus feligreses y persuadidos del daño que puede hacerle al país los males que han denunciado. Por la coherencia y la firmeza de los discursos se deduce que habló la Iglesia y quedó claro que estas declaraciones tomaron al Presidente de sorpresa.
Él y su equipo perdieron el balance y la reacción de muchos de sus defensores en los medios no pudo ser más desacertada.
Con una intolerancia inadmisible, empezaron a decir lo mismo que dijeron Trujillo y sus alabarderos, cuando después de treinta años de complicidad con el régimen, al fin, en enero de 1960, habló la Iglesia.
Entonces los pregoneros de la tiranía empezaron a sacarle en cara las “mercedes y favores concedidos”, a agredirla en las personas de obispos y sacerdotes, a invadir los templos e interrumpir los oficios con grupos de prostitutas y paleros. De nada valió todo aquello, los fieles no se alejaron de los templos y hasta llegaron a organizarse para hacer frente por la violencia a los vándalos pagados por el régimen.
Y había que saber bajo cual estado de terror se vivía entonces. Esta fue la última batalla librada por Trujillo antes de perder su imperio.
Hoy, rechazada la reforma constitucional y por consiguiente la reelección en casi todos los demás ámbitos de la sociedad, ahora la carrera hacia la reelección “topó” con la Iglesia y el impacto ha sido demasiado contundente. Nada revertirá los efectos casi demoledores de las denuncias y severas advertencias de los sacerdotes, y el pleito y la intolerancia serían las peores actitudes.
Lo confirma la experiencia y eso viene de lejos; si ya, desde que don Quijote se lo dijo a Sancho, no se puede “topar” con la Iglesia.

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