30 de mayo de 2016

¿Existe el trujillismo? Entérese!

Dr. Ángel Lockward
Hace 55 años, cayó asesinado a los 70  años, Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien  desde 1930 había impuesto un régimen unipersonal, con una corte familiar, que si bien organizó el país lo sometió a un régimen de terror terrible.
 El Brigadier Trujillo, entrenado por los marines norteamericanos de la Primera Intervención de 1916, debido al intento reeleccionista de Horacio Vásquez, su protector, desde los primeros días de su mandato, eliminó toda oposición política, “pacifico”, el país, aplicando el terror: el control de la vida, general y particular de los ciudadanos, incluso de las cuestiones más íntimas, fue total, llegando cada jefe de hogar a instalar en la puerta de su casa, de las más humilde o encumbrada, la leyenda, en un epqueño cartel: “aquí manda el jefe” en alusión a él.

Trujillo sin embargo creó una Administración Pública eficaz,  aunque lo hizo como si se tratara de una finca personal de su propiedad; logró niveles de crecimiento económico,  alcanzó a detener la ocupación haitiana y consagrar por primera vez, la frontera nacional, llevo el país a los escenarios internacionales y se hizo sentir en el hemisferio, empero incluso en este aspecto, se excedió, en particular en los casos de actuaciones en contra de otros presidentes,  el asesinato del Presidente Castillo Armas de Guatemala y el atentado en contra de Rómulo Bethancourt de Venezuela; en el caso de  este último sufrió un embargo de la OEA que deterioro la base financiera de su régimen.
Esta acción del órgano continental unida al grave deterioro económico acaecido desde 1955 cuando celebró la fastuosa Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, con la que celebró los 25 años de la Era de Trujillo, unida a la creciente oposición interna y repudio de líderes demócratas continentales se afianzó en sus dos últimos grandes crímenes: el asesinato de las hermanas Mirabal cuando estas regresaban de ver a sus esposos presos en la cárcel de San Felipe en Puerto Plata y el secuestro y posterior asesinato de Jesús de Galíndez, en suelo norteamericano.
Perpetrado el magnicidio – el 30 de mayo de 1961 - el trono quedó sin rey, la corte se disolvió en el exilio y de pronto, en un país trujillista, todos hicieron profesión de fe en su contra y, llegaron de la manos de Juan Bosh, un líder ausente, los vientos de la democracia, que con la débil estructura social, política y económica vigente, sucumbió a los 7 meses dando lugar a gobiernos interinos, ilegítimos y sultanaticos que desencadenaron en la Revuelta de Abril de 1965 y la Segunda Invasión norteamericana.
El país, destruido, en medio de la guerra fría que libraban entonces Estados Unidos con sus aliados y el bloque soviético encabezado por la URSS, inició de la mano de un hijo del régimen trujillista, Joaquín Balaguer, el camino hacia la democracia – sin que hubiese demócratas - y el lento camino del progreso, para variar, sin endeudamiento, en el que ciertamente, Balaguer merece un lugar en la historia.
El costo en sangre fue alto, Balaguer, aunque no fuera responsable de un solo muerto, pagó la factura política de conducir hacia el equilibrio a la sociedad que se estaba formando en el país para sustituir a Trujillo como eje de la economía, basada en la creación de una clase media, en medio de una terrible confrontación mundial que la historia registra como la Guerra Fría.
Los vientos de la alternabilidad democrática finalmente se produjeron en 1978, el PRD ganó, logró gobernar dos periodos y el comunismo no llegó. Peor aún, colapsó poco después en todo el mundo. Balaguer, en un milagro político, ciego y a los 80 años, con la capacidad de caminar seriamente afectada, ganó las elecciones de 1986 y dirigió el país por otros 10 años, pasando a su salida en 1996 el manto a Leonel Fernández del PLD.
Vivimos entonces dos fenómenos importantes, la emigración hacia el exterior, desconocida en tiempos de Trujillo y en los primeros de Balaguer y, la emigración del campo a la ciudad, hija de las últimas 4 décadas, ambas han tenido efectos terribles sobre la sociedad dominicana, buenos y malos, como los ha tenido la inmigración, sin control de los haitianos.
Con su muerte el 14 de julio del 2002,  desapareció la profesión política de antibalaguerista y se extinguieron los trujillistas y antitrujillistas, su deceso se produjo cuando ya las fuerzas políticas, sociales y económicas, creadas bajo su sombra, se tornaron autónomas y cada una en su forma, le declaraban padre de la democracia: en realidad, Balaguer sin ser demócrata, creo el camino hacia la democracia y nos condujo por él: de hecho, no lo hemos mejorado, prueba de ellos  son los líos recientes de la JCE.
Joaquín Balaguer, hijo político y heredero de las fuerzas sociales de Trujillo - que en principio recibió Juan Bosch -, de quien jamás volvió a referirse desde el discurso ante su cadáver en 1961 en el Palacio Nacional, empero cuya efigie nunca quitó de su biblioteca, lideró el primero y más exitoso – aunque defectuoso – modelo democrático de la Tercera Ola, cuyas bases aún se sostienen: transfirió su legado a un partido que nació en 1973 como antisistema, apostata de la democracia, que aún hoy, luego de dirigir al país por 16 años, ni siquiera comprende ni aprecia las reglas de la democracia.
Habiendo liderado y pactado “su transición” no la transición de la democracia, Balaguer quedó legitimado ante la historia: todos sus adversarios terminaron siendo sus aliados: eso fue lo que Trujillo no logró.
El país costeó la última etapa de la transición democrática, de nuevo encabezada por él – ya lo había hecho en 1966 y 1978- , a) con la destrucción del PRSC - en el Pacto Patriótico de 1996-, utilizado hasta su último día de vida, como un escudo de protección y no como protagonista de un proyecto político de poder y,  b) con una democracia de pésima calidad, caracterizada por  una gran cultura electoral, sobre todo en la participación, empero de una muy escasa civilidad republicana.
Con la muerte de Balaguer, el último de los trujillistas - el único que jamás pudo ser ligado a deudas de sangre, ni a corrupción -  terminó la extensión de la sombra de Trujillo en el país: El perínclito de San Cristóbal, ciudad natal del Jefe, no dejó defensores de sus políticas, ni herederos de su dinastía; Balaguer, no quiso dejar sucesores en su parcela y prefirió pactar su seguridad personal con sus enemigos, que pronto se convirtieron en los cantores – en tono bajo – de sus virtudes…haciendo lo mismo que criticaron, primero en progresión geométrica y luego, meteórica.
Con Trujillo, hubo progreso, seguridad ciudadana y el crimen y abuso político fueron una institución, a través de un partido único, el Partido Dominicano, la delincuencia y la corrupción, como la conocemos hoy, no existieron;  a los regímenes de Balaguer se le imputó corrupción, sin embargo, en términos personales, él no la padeció: ahora, a once lustros del ajusticiamiento de Trujillo, una sociedad dominicana nueva, padece como sus peores flagelos, la falta de garantías democráticas, inseguridad ciudadana, corrupción en sus más altos niveles y, los efectos renovados de la ingobernabilidad en Haití. 


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